dimarts, 28 de desembre de 2010

Sobre el espíritu perdido de Europa

En 1935, tres años antes de su muerte, Edmund Husserl pronunció, en Viena y Praga, las célebres conferencias sobre la crisis de la humanidad europea. El adjetivo «europea» señalaba para él una identidad espiritual que iba a más allá de la Europa geográfica y que nació con la antigua filosofía griega. Según él, esta filosofía, por primera vez en la Historia, comprendió el mundo (el mundo en su conjunto) como un interrogante que debía ser resuelto. Y se enfrentó con ese interrogante, no para satisfacer tal o cual necesidad práctica, sino porque la «pasión por el conocimiento se había adueñado del hombre».

La crisis de la que Husserl hablaba le parecía tan profunda que se preguntaba si Europa se encontraba aún en condiciones de sobrevivir a la misma. Creía ver las raíces de la crisis en los inicios de la Edad Moderna, en Galileo y en Descartes, en el carácter unilateral de las ciencias europeas que habían reducido el mundo a un simple objeto de exploración técnica y matemática y habían excluido de su horizonte el mundo concreto de la vida, die Lebenswelt, como decía Husserl. El desarrollo de las ciencias llevó al hombre hacia los espacios cerrados de las disciplinas especializadas. Cuanto más avanzaba éste en su conocimiento, más perdía de vista el conjunto del mundo. Ensalzado antaño por Descartes como «dueño y señor de la naturaleza», el hombre se convirtió en una simple cosa en manos de fuerzas (las de la técnica, de la política, de la Historia) que le excedían, le sobrepasaban, le poseían. Y si este ha sido el proceso, comenta Husserl, Europa ha sido el escenario, el tiempo de esta transformación y renuncia, llevada al extremo de la imposibilidad de una restauración, de una vuelta al espacio original de pensamiento, un proyecto que de forma dramática Husserl reconoce imposible de recuperar: dieser Traum ist ausgeträumt, es decir, es un sueño soñado.

Fragmento de «El futuro de Europa» de Francisco Jarauta, Le Monde Diplomatique, n. 182