dilluns, 19 de febrer de 2007

Políticos y graffitis

Enviat per Javi González

Los políticos en la actualidad están tan pendientes de las encuestas que a menudo olvidan que han de administrar el espacio público con un mínimo de sensatez. Quizás ellos no tengan la exclusividad de la torpeza, es cierto que la ciudadanía tiene que ser más vigilante, pero a veces sus propias acciones delatan la perversidad de un sistema que cada vez desengaña a más gente.

En Terrassa se han creado espacios legales para realizar graffitis, allí el graffitero tiene la oportunidad de desahogarse a sus anchas. El ayuntamiento señalizará correctamente una serie de espacios en el casco urbano donde el aficionado a este modo de expresión podrá pintar y repintar las veces que quiera, aunque no lo que le venga en gana, el ayuntamiento vigilará que nada de lo que se represente en esos espacios atente contra la dignidad humana… Sí, parece que nuestro ayuntamiento nos va a librar por fin de las pintadas furtivas que ensucian el paisaje urbano, pintadas generalmente impopulares. Quien encuentre una solución a ese despropósito supuestamente artístico de nuestros jóvenes podrá contar con un buen puñado de votos.

El graffiti por definición es clandestino, considerar que se puede domesticar un modo de expresión tan espontáneo y popular es jugar a lo que tradicionalmente se juega desde el poder, es decir, hacer suyo ciertos comportamientos antisistema amansándolos para que jueguen en su favor. En este caso el intento es muy burdo, puede ser que haya jóvenes que traguen con esa instrumentalización de un arte que es en esencia crítico con el poder, pero la realidad es que encerrar los graffiteros en un espacio donde legalmente se pueda desarrollar es tanto como decir que el ladrón de bolsos podrá hacerlo en unas calles de la ciudad a unas horas determinadas.

Las soluciones a los problemas de los ciudadanos no vienen por unas medidas que tienen más que ver con cuestiones estéticas, hay que combatir el origen de los conflictos. Aunque no olvidemos que hay problemas que son consustanciales a nuestro modo de vida y a cómo entendemos que debe ser la educación, la economía o el arte. El político está obligado a trabajar para mejorar el espacio público atendiendo a unos valores compartidos, lo que no es de recibo es que el político sustraiga a la ciudadanía la evidencia de que ciertos problemas son el resultado de malas políticas o que ciertas explicaciones no resultan populares. Lo que no se puede tolerar es que nuestras ciudades se estén convirtiendo en parques temáticos donde todo es maravilloso y los problemas reales se ocultan al ciudadano.
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